De Barcelona a Auckland

¡Kia Ora!

El día 2 de Marzo de 2020 nos despertamos en un lluvioso día de invierno en Barcelona, un día de tráfico, agobiante y estresante como suele serlo en la capital catalana en hora punta. Nos despedimos de nuestra perrita Lluna (conteniendo las lágrimas, sí), y nos metimos en el coche de mis padres para emprender rumbo en dirección al aeropuerto.

Al llegar allí nos despedimos de mis padres – otra vez tuve que contenerme porque creo que mi cabeza ya no contemplaba más formas de despedirse, pero lo más difícil estaba por llegar, y es que unos de nuestros mejores amigos nos vinieron a despedir al aeropuerto.

Las sensaciones cuando te despides tanto de tanta gente son muy agridulces: Sabes que te vas a embarcar en una aventura, pero dicha aventura implica un sacrificio… La enorme distancia con tus seres queridos. No hay suficientes abrazos ni palabras para embarcar el alcance de lo dramático y triste que es saber que no volverás a ver a esas personas que quieres tanto durante mucho tiempo.

No hay forma de entender esta sensación a menos que la hayas vivido, y para nosotros fue una primera vez un tanto amarga, pero muy emotiva a la vez. Fueron unas semanas de despedidas constantes que precederían a nosotros embarcándonos en una aventura a lo desconocido: Dos de los vuelos más largos del planeta para cruzar el mundo de punta a punta para llegar a un sitio del que sabemos… Bueno, no lo suficiente.

Creo que fue cuando cruzamos los controles del aeropuerto, cuando levantamos las manos por última vez para decir un último “hasta pronto”, que decidimos que ya no podíamos mirar atrás de nuevo. Tragamos saliva y echamos toda la carne en el asador, caminando de frente y sin detenernos. En ése momento eres consciente de lo dramático que es ése momento, pero no quieres reconocerlo, porque supondría un bajón. En cambio, creo que el cerebro elige de entre las sensaciones para quedarse, no con la tristeza, si no con la alegría de tener a personas tan importantes en tu vida, y la alegría de tener un camino tan fascinante por delante.

Y dicho y hecho, no volvimos a mirar atrás.

Cuando nos subimos al primer vuelo, todo tenía un tinte familiar: Escuchábamos voces en catalán, el cáterin del avión tenía productos “de la terra”, pero cuando nos subimos al segundo vuelo todo dio un vuelco: Dejamos de escuchar voces conocidas (y de paso, te das cuenta de que pasará mucho tiempo hasta que vuelvas a hablar con alguien en tu lengua materna), y empezó una odisea multicultural. Resultó fascinante ver como gente de todas partes se embarcaba en ése vuelo de 9 horas para llegar a su hogar: Nueva Zelanda es un país tan rico culturalmente que cuesta creer que sea una colonia principalmente inglesa, porque sus habitantes son personas de todas las etnias y procedencias, con una marcada mayoría india y asiática. La inmigración es lo que caracteriza a ésta pequeña nación tan dinámica y variada, y no hay forma de no sorprenderse con esta cohesión de culturas tan diferentes, que conviven en una comunidad tan heterogénea y unida.

Los vuelos fueron bastante menos pesados de lo que cabría esperar. En Singapore Airlines son muy profesionales, y aunque se nos pusieron los dientes largos cuando vimos los asientos de la clase business, la verdad es que no somos gente muy exigente y, mientras el avión vuele y aterrice bien, no nos importa demasiado como pasar un día volando. El truco es ir muy seguido al baño, estirar las piernas y ver alguna película soporífera para dormir la mayor parte del vuelo, de esa forma uno consigue que el tiempo pase más rápido. Esta compañía tiene una gran selección de películas y series para sus pasajeros, de modo que si eres del tipo de personas que le cuesta dormirse en los vuelos largos te aseguro que no vas a aburrirte.

La comida estaba bastante rica: En esta compañía no te dejan con hambre, de hecho, te están dando de comer cada dos por tres, cosa que se agradece. Puedes pedir comida siempre que quieras (sin abusar, me imagino), así como bebida. Son platos muy completos que te llenan el buche hasta la siguiente comida, y me hizo gracia que te alimentan con la comida que toca en la zona horaria en la que te encuentras, es decir que, si sales de Singapur a las 8 de la mañana, primero te darán desayuno, pero si tras seis horas pasas por Australia/Nueva Zelanda y son las 7 de la tarde, te darán cena, sin haber pasado por la comida(lunch).

Al llegar a Auckland admito que casi lloro un poco. Creo que cuando vi las primeras lucecitas no podía creérmelo: Llevo 14 años deseando volver como un niño pequeño persiguiendo una cometa que se escapa de entre sus dedos, y ahora que estoy por fin aquí sencillamente no podía creérmelo (Además, fue aún más emotivo porque en Singapore Airlines te ponen musiquita emocionante cuando aterriza el avión, y yo ahí medio llorando, a las 11 de la noche, rodeado de gente que debía pensar “¿Y a éste qué leches le pasa?”).

Bajar del avión y pasar por aduanas fue un proceso un pelín tedioso, especialmente porque en Nueva Zelanda son muy estrictos con revisar si entras cualquier cosa que pueda dañar su delicado ecosistema. No hay forma de meter en el país nada que ellos no quieran que metas, y es que sus controles son estrictos: Dijimos que traíamos botas de montaña que no estaban sucias y aún y así nos enviaron a la cola del control de bioseguridad de equipaje.

Nos encontrábamos de repente en un programa del tipo “control de aduanas” que dan en canales sensacionalistas (que, debo admitir, me he tragado muchos programas), pero para nuestra sorpresa nos atendió un chico maorí que nos mostraría el carácter neozelandés que enamora a los visitantes: Nos preguntó si llevábamos comida, y le contestamos que sí, que llevábamos una salsa de calçots (mejor no preguntéis… jajaja), té verde en polvo y taro en polvo.

“¿Taro?” nos preguntó. Yo le expliqué qué era el taro, “un tubérculo molido que se mezclaba con la leche para hacer una especie de té”, y para nuestra sorpresa le dijo a Erik, “Ves con cuidado, el taro tiene mucha maicena (“starch”), y eso puede subirte mucho el azúcar, no lo tomes cada día”. Y dicho y eso, nos dejó pasar para salir del aeropuerto. No nos esperábamos un consejo así de un desconocido, y menos un agente aduanero.

Desde que esa noche lluviosa llegamos a la casa donde nos estamos hospedando a día de hoy, he llegado a una conclusión muy clara, sobre la que tengo que investigar todavía, pero muy clara: Nueva Zelanda cambia a las personas.

Venimos de un lugar donde somos muchos, demasiados, y venimos asustados. Asustados de que nos puedan atacar, robar, decir algo. Asustados de decir nuestra opinión, de confiar en la persona equivocada, hasta tal punto que nos centramos en nosotros mismos de una forma defensiva. Miramos a nuestro móvil, sin pensar en nada más que en nuestros asuntos. Venimos de un sitio con prisas, agobiados.

Y resulta que cuando llegamos aquí nos dimos cuenta que las cosas funcionan de otra forma. Las cosas se hacen poco a poco, relajadamente. No importa si algo toma más tiempo, mientras se haga bien. La gente convive con los demás de forma pacífica incluso en la gran ciudad, se saludan, aunque no se conozcan, es un ambiente “friendly” a todas luces, y es lo que lo hace tan encantador y bonito. Desconocidos se cruzan contigo por la calle y te dedican una sonrisa mirándote a los ojos, porque sí, porque se han cruzado contigo, porque así es como una sociedad convive en paz.

No se respira lujo, ni siquiera en el centro de la ciudad, no es algo que busquen. Su calidad de vida reside en la practicidad de las infraestructuras, en la seguridad que ofrecen las calles de su país, en la certeza de saber que pueden ir a correr por el bosque a cualquier hora del día y no les pasará nada. En que pueden dejar la puerta de casa abierta todo el día y nadie va a robarles. No son gente pretenciosa, son personas sencillas con más o menos dinero, que conviven sin más, respetándose unos a otros, pero sobretodo creo que los que venimos de fuera nos acabamos despegando de todos esos miedos (a nosotros todavía nos cuesta mucho porque acabamos de llegar), pero si os soy sincero, nunca había visto a gente tan amable y dispuesta a ayudarme como la he visto aquí. En tres días ya tenemos una amiga por Nueva Zelanda, y es que aquí es… Muy fácil, no sabría cómo explicarlo.

La llegada al país ha sido muy pacífica. Muy sencilla, muy fácil. Nos sentimos bien acogidos y a gusto, como si estuviéramos en casa. Es la esencia de éste bonito lugar que es Nueva Zelanda, un paraíso que, sinceramente, a veces creo que merece la pena que siga aislada, en secreto… Como una maravilla que solo los que realmente lo deseen, pueden encontrar.

¡Nos leemos pronto!

artista y viajero

Uriel

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