El miedo

Faltan tres meses. Madre mía.

No sé muy bien cómo describir cómo me siento. Estoy asustado, eso sí lo sé. Creo que miedo es lo que más siento ahora. Creo que ahora está empezando a ser todo muy real, porque hemos empezado a comprar las cosas que necesitamos para el viaje – mochilas, abrigos, botas de montaña un poco decentes…- y también hemos empezado a donar todo aquello que ya no vamos a usar. Llegan cosas nuevas y se van las viejas.

Es un miedo muy distinto al que solía sentir cuando la ansiedad colmaba mis pensamientos. No es un miedo a algo concreto, o a que algo salga mal… Más bien es un miedo a lo desconocido.

¿Conocéis al profesor Lupin, quien enseñaba Defensa contra las Artes Oscuras en Hogwarts? Cuando intentaba averiguar de qué tenía miedo Harry Potter, descubrió que Harry le tenía miedo… Al mismo miedo. Y creo que ese es un pensamiento en el que todos nos podemos sentir reflejados alguna vez, porque desde luego, es tremendamente intimidatorio sentir que estás a punto de embarcarte en un viaje que no tiene fecha de retorno. ¿Sabéis lo grandilocuente que es ése concepto ahora que lo tengo en la cabeza día y noche? Es algo así como una marea empujándote demasiado deprisa hacia un precipicio del cual no puedes ver el final. ¿Habrá agua? ¿O quizás un montón de piedras?

El mismo día que tomé la decisión de emprender éste viaje, hablé con Erik del futuro que nos esperaba en España, de nuestra situación: Esa situación sí que daba miedo.

Ambos teníamos trabajo, pero cada uno estábamos descontentos por una cosa o por otra. Por mi parte, soy artista: Crecí con la idea fija de que aprendería arte, lo practicaría y más tarde lo ejercería, y hasta ahí. Una carrera ideal, dinámica, posiblemente en rodajes, maquillando en la televisión… Bueno, pues el mundo me comió y me cagó en pocos años, y lo hizo en trabajos que me hicieron entender que lo mío con el arte sería un affair imposible.

 

Caí tan hondo que renuncié a mi pasión. Dejé de dibujar, y no toqué mi plastilina en años. Pero seguía imaginando mundos, criaturas, cuentos… Hasta que un día algo se removió en mí, un germen de resistencia que agarré por el pescuezo y le puse correa, incapaz de controlar aquello que me movía por dentro: Crear. Ya había entendido que nadie me querría en sus empresas, nadie estaba interesado en mi arte más allá de mis amigos: No era por desinterés. En un mundo donde hay cientos como tú, debes ser muy especial para destacar. Pero yo no tenía las herramientas ni la capacidad para algo así, así que empezaría a hacer arte porque me daba la gana. Empecé a esculpir, a hacer terrarios artísticos, y saqué de dentro de mí aquello que me movía y me inspiraba. Empecé Lupercalian, mi proyecto de arte vinculado a la naturaleza, y a día de hoy ya hace tres años de mi primera feria, en la que decidí seguir mis instintos de artista. 

Precisamente tomar ése atípico camino por mi cuenta, en soledad, me ha enseñado a ser disciplinado (la mayoría de veces), organizado (a mi desordenada forma), y a agarrar la sartén por el mango. Me ha curtido y me lo ha hecho pasar mal, pero también es el trabajo más satisfactorio que he hecho nunca, y disfruto como un niño pequeño. Nada de lo que he trabajado me ha hecho gozar tanto y puedo decir que es mi vocación a día de hoy.

El problema es que… Lupercalian es un proyecto difícil de llevar por mí mismo, por el mismo tema de siempre. El dinero. Mis expectativas salariales son demasiado bajas en España, pues en España el arte no se valora. Todo lo que vendo lo vendo aproximadamente a menos de la mitad de su valor porque, de no ser así, no sería capaz de venderlo. Y cuando uno invierte tanto esfuerzo, dinero y pasión en algo que da resultados mediocres, cuando uno debe quedarse parte de sus creaciones porque nadie se atreve a gastarse el dinero en ellas… Bueno, es triste. Es triste y es “infuriating”. No culpo a mis clientes, ni a quienes no lo son. En España, mi público es tan pobre como yo porque viven la misma situación que yo. Apenas hay personas que pueden permitirse pagar lo que vendo por el precio al que lo vendo… ¿Cómo voy a ser capaz de venderlo por su precio real? Agradezco infinitamente a aquellos que se han esforzado en dedicar parte de su dinero en mi arte, eso siempre me ha guiado a seguir por ése camino.

Sin embargo, ambos nos hemos visto enfrentados en más de una ocasión a éste futuro. ¿Será esto siempre así? ¿Dónde nos vemos en cinco años? ¿Me veo yo de trabajo en trabajo, o viviendo en casa de mis padres? ¿Me veo otros cinco años renunciando a mi pasión? ¿Me veo siendo incapaz de afrontar un alquiler? ¿Me veo viviendo una vida sin viajes o caprichos de esta clase? ¿Considerando viajar como un “capricho”? ¿Me veo viviendo una vida constantemente preocupado por las cifras de mi cuenta corriente?

Pues… Obviamente, la respuesta es un rotundo NO.

Así que la mente, inevitablemente, empieza a trazar otros planes. Lo que no funciona en un sitio, siempre puede funcionar en otro. Y eso es una verdad como un templo que el arte me había enseñado con Lupercalian. Y ahora tocaba mover fichas.

Y a veces también conviene alejarse de lo que uno hace para marcar los límites de esto. ¿Estoy dispuesto a trabajar del arte en otros campos? ¿Me gustaría quizás trabajar de otra cosa? ¿Y si traslado Lupercalian a otro sitio? ¿Y si empiezo a trabajar por mi cuenta? Ambos podríamos hacer esta clase de cosas, o crear otras nuevas. Pero esta vez lo decidiremos nosotros, y da igual si es en Nueva Zelanda o en cualquier otro rincón del mundo. Pero está claro que debe ser fuera de España, en algún sitio donde se nos brinden más y mejores oportunidades que aquí.

Y ésos son los dos futuros a los que nos vimos enfrentados hace un año y medio: Un futuro que seguramente habría sido feliz, aunque probablemente frustrante y predecible, ¿O un futuro desconocido? Un camino sin trazar, nuevo para ambos, un cambio de aires a un nuevo país (países), listo para ofrecernos muchísimas posibilidades nuevas. ¿Realmente hace falta decirlo?

 

Desde que dibujo estos dos futuros en mi cabeza… La respuesta ya está decidida. 

Y la respuesta es la que da miedo. Pero no tanto como la primera opción, aquella que te vierte a un futuro de mediocridad donde abrirse paso para tener una vida decente es tan costoso. Un miedo al que muchos jóvenes nos enfrentamos día tras día, algunos sin ser capaces de ver una salida. Pero las hay, y de muchas formas. Algunos pensarían que el camino que hemos tomado es bastante extremo, porque mudarse al otro lado del mundo quizás es bastante extremo, pero la verdad es que cada uno debe encontrar el suyo, y para nosotros éste es un camino por donde comenzar nuestro viaje. Muchos otros caminos serán más “sencillos” pero igual de importantes: Cambiar de carrera, de trabajo, adoptar un perro, dejar una pareja, salir del armario… ¿Y qué importa lo que sea? Y qué importa el miedo que dé después de todo. Aquello que da miedo pero se siente correcto, suele ser lo mismo que nos acaba transformando por dentro y posteriormente por fuera. Y sé por experiencia que estos cambios suelen doler como quien te obliga a hacer una postura de yoga que nunca has hecho. Tus huesos crujirán y sentirás agujetas, pero cuando te adaptes serás un auténtico maestro en recorrer el camino que tú has elegido.

Así que después de todo, una vez más escribir me sirve como una maravillosa terapia para controlar dónde estoy ahora y qué es lo que siento. Sentir miedo es inherente a ser humano, y el miedo nos ayuda a entender nuestro estado. El miedo es bueno, es un amigo tan útil como la misma felicidad.

Y así me despido por ahora. Lejos de ser un blog exclusivamente teórico, quiero que éste espacio sea también de introspección. Un pequeño hogar que hacer nuestro, en el que todo el mundo sea bienvenido para compartir sus experiencias a través de la nuestra. Me gusta demasiado escribir sobre esta experiencia como para saltarme las partes más personales ahora que las partes más técnicas del viaje están en un stand-by momentáneo.

Próximamente os informaremos de la estancia y de esas compras que estamos preparando para nuestro equipaje mochilero. ¡Estad atentos!

Y, por último, una reflexión final…

Un viaje comienza mucho antes de tomar un avión. Es algo que necesito recalcar con mucha pasión: El viaje comienza cuando decides hacerlo, indistintamente de su destino.

artista y viajero

Uriel

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